La historia del VIH en Chile es un relato que se entrelaza con el sufrimiento, la resistencia y la lucha por los derechos humanos, especialmente en contextos de encierro. El sistema penitenciario chileno ha sido uno de los espacios más invisibilizados en la respuesta sanitaria a esta epidemia, donde el estigma y la precariedad han marcado la vida de muchas personas. A través del testimonio de María Soledad Vidal, tecnóloga médica y referente en salud pública, se revela una narrativa que no solo aborda el VIH desde una perspectiva biomédica, sino que también pone de manifiesto la necesidad de un enfoque de derechos que reconozca la dignidad de las personas privadas de libertad.
La experiencia de María Soledad Vidal es un testimonio poderoso que refleja las dificultades y los desafíos que enfrentaron las personas que viven con VIH en el sistema penitenciario. Durante los primeros años de la epidemia, el VIH era un tema tabú, y el diagnóstico y tratamiento de esta enfermedad se llevaban a cabo en condiciones de extrema precariedad. En este contexto, la figura de la Tía Carlina, una mujer que se convirtió en un símbolo de cuidado y resistencia, emerge como un faro de esperanza. Ella, dueña de uno de los prostíbulos más conocidos de Santiago, se encargaba de llevar a “sus niñas” a realizarse exámenes preventivos, desafiando así el control estatal y la violencia institucional.
El relato de Vidal destaca cómo, a lo largo de los años, la respuesta al VIH en el sistema penitenciario ha estado marcada por la falta de educación y formación. La consigna de “Educar cuando no hay educación” se convirtió en una práctica cotidiana, donde la capacitación de funcionarios y la formación de equipos interdisciplinarios eran esenciales para enfrentar el miedo y el estigma que rodeaban a las personas encarceladas. Este enfoque no solo buscaba mejorar el acceso a la salud, sino también transformar la percepción del VIH como un problema que debía ser tratado con humanidad y respeto.
La transición de una respuesta sanitaria centrada en el control hacia un enfoque de derechos es uno de los ejes más significativos del testimonio de María Soledad Vidal. Durante años, el VIH fue tratado con sospecha y castigo, lo que llevó a prácticas de segregación extrema, como el conocido “Sidario”. Sin embargo, su trabajo, junto a otros equipos y organizaciones, buscó cambiar esta lógica, promoviendo la idea de que las personas privadas de libertad no pierden su derecho a la salud ni a una muerte digna. Este cambio de paradigma es fundamental para entender cómo la salud puede convertirse en una forma de libertad, permitiendo a las personas reconstruir vínculos y recuperar su agencia en un contexto de encierro.
El testimonio de María Soledad Vidal también se inscribe en una memoria colectiva más amplia, donde la respuesta comunitaria y el trabajo interdisciplinario han sido claves para sostener avances en la atención del VIH. La historia de la respuesta al VIH en Chile, especialmente en los márgenes, demuestra que los derechos nunca llegaron solos. La lucha por la dignidad y el cuidado, cuando se sostiene en la memoria y la acción colectiva, se convierte en una forma de resistencia ante un sistema que ha aprendido a negar la humanidad de las personas encarceladas.
En tiempos en que el VIH vuelve a ser desplazado del debate público, es crucial recuperar estas voces y experiencias. La historia de María Soledad Vidal no es solo un relato del pasado, sino una advertencia y una responsabilidad para el presente y el futuro. La lucha por los derechos de salud en el sistema penitenciario chileno sigue siendo un tema relevante que merece atención y acción. La experiencia de Vidal nos recuerda que, incluso en los contextos más adversos, la salud puede ser un vehículo para la transformación social y la reivindicación de derechos fundamentales. La historia del VIH en Chile es un testimonio de la capacidad de resistencia y de la importancia de un enfoque de derechos que reconozca la dignidad de todas las personas, sin importar su situación.
La labor de María Soledad Vidal y de otros profesionales de la salud que han trabajado en el sistema penitenciario es un ejemplo de cómo la empatía y el compromiso pueden cambiar vidas. A través de su trabajo, se ha logrado visibilizar la importancia de abordar el VIH no solo como un problema de salud, sino como un fenómeno social que está intrínsecamente ligado a la desigualdad, el abandono estatal y la violencia estructural. La historia de la respuesta al VIH en Chile es, en última instancia, un llamado a la acción para garantizar que los derechos de todas las personas sean respetados y defendidos, independientemente de su situación.
La experiencia de María Soledad Vidal es un recordatorio de que la salud y los derechos humanos son inseparables, y que la lucha por la dignidad y el respeto debe continuar, especialmente en los espacios más olvidados de nuestra sociedad.
